
Mirar tu vida desde lejos, no es la primera vez que lo comento. Porque es sorprendente encontrarse mirando el mundo desde otro lado, de otro modo. Tiene mérito, no sólo por el esfuerzo que supone sino porque por un momento te olvidas de ti mismo, de la subjetividad que te mueve y, generalmente, sirve para admirar la fortuna que te envuelve. Vivimos en una única dimensión que somos nosotros mismos y, para mayor desgracia, mayormente envueltos por una rígida burbuja social.
Liberarse de ello es un sueño, accesible a muy pocos privilegiados. Es, por ello, algo extra·ordinario.
Muchas veces viene dado por la nostalgia, otras por el anhelo y otras veces, simplemente, resurgen al mirar más arriba del asfalto. La última vez sucedió el sábado, mejor dicho, el domingo a las 8 de la mañana volviendo a casa de la que fue la última noche de Madalena. Volvíamos cuatro por las calles desiertas que hacía apenas un par de horas habían estado abarrotadas de gente, algo empapadas porque ya habían empezado las primeras labores de limpieza y fluía en el ambiente cierto hedor a basura y orina. Para nuestra sorpresa había amanecido una hora antes y quizá fuese la situación surrealista en la que nos encontrábamos, deseando retomar la cama en pleno día, la que me hizo trasladarme. Me vi, nos vi, en nuestros tempranos 17, aún adolescente por lo tanto, en mi ciudad natal. Vi, de forma tópica, lo que en algún momento constituiría una anécdota de juventud, una visión ligeramente positiva de lo que es para mi Castellón. Buscando restos del crepúsculo de Bennedetti y alguna melodía de Marlango (pobre soñadora) me encontré con una sucesión de débiles y sucios tejados bañados por la gélida luz de una mañana avergonzada. Me pregunté entonces en voz alta - grave error- cómo sería volver a la ciudad que me vio nacer y crecer como persona. Cómo sería reencontrarse con los recuerdos que hoy comportan mi día a día, cómo sería volver a descubrir a la adolescente ligeramente atormentada que hoy escribe estas líneas.
En ese momento recordé una vez más mis ansias por salir de este pequeño habitáculo, por permitirme el lujo de decirle adiós queriendo significar, sin embargo, un hasta luego. De esta forma saborearé el cambio, la nostalgia y esperaré no perder renovadas esperanzas de volar. Algún día definiré nuestras vidas como entidades trascendentes, aunque para entonces quizá sea demasiado tarde. Ya lo dije en su momento: mirar mi vida desde lejos y comprender mi felicidad.
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